Ella es Rosa…

 

Rosa creció en una familia grande y unida, formada por su madre -quien como Rosa hace brocados- su padre que trabaja en el campo y sus seis hermanos. Como en muchas comunidades indígenas de Chiapas, los hombres de la familia trabajan en la milpa, mientras las mujeres hacen telares. Rosa cuenta que en su familia “todos se ayudan y se enseñan las cosas nuevas que van aprendiendo”.

Rosa tiene tres hijos y vive con su esposo en la comunidad de Aldama, ubicada en Los Altos de Chiapas. En un día normal, Rosa se despierta a las cinco de la mañana para hacer las tortillas, pues su esposo sale a trabajar al campo desde muy temprano. Cuando termina lava la ropa y va a alimentar a los pollos. Después, le da de desayunar a sus hijos y más tarde empieza a tejer. Trabaja en sus textiles entre 5 y 6 horas al día y aunque se cansa, tiene que trabajar porque de no hacerlo no tendría dinero para comprar la comida y ropa de sus hijos. Rosa terminó la secundaria y por eso sabe hablar español.

Desde que era pequeña se interesó por los textiles. Cuenta que cuando tenía siete años le pidió a su mamá que le enseñara a hacer un telar pintado; entonces su mamá le compró su primer hilo. Cuenta también que en ese entonces lloraba mucho cuando hacía telares, pues se cansaba de tanto trabajarlos. Así transcurrió su infancia, entre telares.

A los quince años comenzó a crear  nuevos brocados y a ayudar a su mamá a actualizarse para mejorar sus brocados. Siempre le está enseñando cosas nuevas para que ella pueda hacer lo que las calientas le piden. Lo que más le gusta hacer es el brocado y lo que menos le gusta es el bordado. La diferencia entre uno y otro es que el brocado se hace en el telar, mientras que el bordado se hace con hilo y aguja.

Ella conoce muy bien su trabajo, por eso puede reconoce sus prendas en donde sea que las vea. Las reconoce porque sus diseños son únicos. Hacer una prenda le toma más o menos tres semanas, las prendas más difíciles le toman hasta dos meses. Para terminar una prenda tiene que trabajar mínimo cuatro horas diarias.

-En las calles de San Cristobal la gente no valora nuestro trabajo- cuenta Rosa. -El precio que nos quieren pagar no es suficiente, no es justo, y no nos hacen caso cuando no queremos rebajar el precio-. Probablemente por que no saben cuántas horas de trabajo le dedica Rosa a cada prenda. Tampoco conocen el costo de los materiales o la cantidad de viajes que ella debe hacer para comprar hilos de buena calidad.

Rosa considera que su trabajo vale mucho, no sólo por el tiempo y esfuerzo que le invierte, sino también por que cada prenda lleva un poco de ella, un poco de sus experiencias y sus sueños. Para Rosa el telar no sólo es “un trabajo”, el telar representa también una tradición familiar.